sábado, 9 de enero de 2016

Decir Adios

Estoy llorando.
Con sentimiento, con lágrimas de las gordas, de las que bajan dibujando caminos por las mejillas.
Estoy llorando porque he acabado de leer un libro.
No es la primera vez que me pasa y sospecho que no será la última.

La primera vez fue con El Señor de los Anillos y mi madre se pensó que me pasaba algo malo cuando me encontró bañada en lágrimas hecha un gurruño en la butaca mientras abrazaba el libro. Lloraba por la sensación de pérdida de todos aquellos seres que conocía hacía ... ¿un mes? y que se habían quedado un trocito de mi alma para siempre.

Esta vez he empezado a llorar cuando me he dado cuenta de que el libro se estaba acabando. No pasaba nada malo ni trágico aparte de el número menguante de páginas aun por leer. Esta vez les digo adios  mientras sigo llorando a amigos que hace una década que me acompañan. Le digo adios a un mundo inverosímil y muy querido, a una ciudad sucia, a un tirano, a unos polis, a un grupo de magos, a trolls, trasgos, enanos, zombies, vampiros, hombres lobos, un ladrón redimido y algún gnomo.

Porque cuando al señor Pratchett se lo llevó la Muerte el año pasado se los llevó a todos de golpe, a un mundo entero de viejos conocidos. Y ahora no puedo saber qué será el joven Sam cuando crezca, ni cómo les irá en la vida a Zanahoria y Angua, o qué le pasará a Ank-Morpork cuando falte Vetinari.

Sólo me queda un libro por delante. Y si decirle adios a la ciudad está siendo un dramón, no quiero ni imaginarme el disgusto que pillaré cuando les diga adios a las brujas.

Y sigo llorando.

Gracias por el Mundodisco Terry Pratchett, aunque ahora me duela horrores decirle adios.

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